El funeral de la dualidad

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Y es un placer y es un honor para mí, queridos ángeles humanos, relatarles cómo fue que acontecieron los hechos en aquel glorioso día.

Y así fue que, estando todos esperando delante de la iglesia, llegó el coche fúnebre. De él bajaron dos hombres, se apresuraron a abrir la puerta trasera y empujaron hacia fuera una larga y brillante caja de madera, la cual quedó posada encima de una camilla metálica con ruedas.

Todo el mundo suspiró.

Había llegado el momento del último adiós.

Sí, finalmente la Sra. Dualidad había muerto.

Beerdigung mit Sarg

Todas las miradas se posaron en el chirriar de las ruedas metálicas de la camilla, en el  momento en que los dos hombres la empujaron hacia dentro de la iglesia por el pasillo central.

Toda la comitiva siguió.

Después, más rápido que lento, cada asistente buscó su lugar en los bancos de madera.

Llenaba el templo un leve pero denso murmullo.

Pronto se hizo el silencio total. Y el cura salió de detrás del altar, colocó con temblorosa templanza el micrófono, dio un par de tosidos nerviosos y se dispuso a hablar: “señoras y señores, bienvenidos todos. Estamos aquí reunidos para despedir a una gran mujer que sirvió un propósito. Estamos aquí para despedir a la Sra. Dualidad. Oh, y bien conocida por familiares, amigos y allegados con el sobrenombre de Sra. Vieja Energía, ella estuvo entre nosotros durante un largo, larguísimo tiempo. En paz descanse y en paz y alegría sea acogida en el seno de Todo Lo Que Fue”.

Toda la audiencia escuchaba atenta las palabras del párroco. Se oían sollozos, comentarios y algún que otro soplido de alivio. Todo el mundo estaba allí. En la sala se respiraba esa mezcla de incertidumbre y tranquilidad, de dolor y alivio, de llanto y júbilo… Sí, y esa mezcla de sentimientos hacía que el ambiente fuera diferente.

La Sra. Dualidad finalmente se había marchado. Y fue después de lo que los entendidos en medicina podrían llamar una muerte rápida y fácil. Su final había llegado dulce y presuroso, como el de cualquier abuelo de vecino. Oh, y ella había sido tan importante y había marcado el curso de tantas cosas… Dentro de la iglesia, en ese instante, no faltaban las miradas cristalinas posadas en aquella caja de madera que ahora estaba delante del altar.

Mientras el párroco proseguía su discurso, las cosas fueron cambiando, la energía viró cual barco velero al llegar nuevos vientos. Y la gran mayoría de los asistentes ya no se sintió mal. Sí, a medida que avanzaba la ceremonia se iba notando un gran cambio en la sala. Primero, sólo algunos lo sintieron, pero después se hizo inevitable. Era un cambio que nacía desde dentro. Parecía que todo lo que había sido válido hasta ese momento se desmoronaba en cada uno de los asistentes.

Sin embargo, se sentía bien así.

En la primera fila de bancos, la Sra. Alegría y la Sra. Tristeza se abrazaron y se miraron a los ojos. La Sra. Tristeza se dio cuenta en ese instante de lo cansada que estaba de ser como ella era, de lo cansada que estaba de estar siempre triste. Y empezó a nacer en su interior un nuevo sentimiento, el sentimiento de la alegría. A su vez, la Sra. Alegría también se dio cuenta de que estaba cansada de estar siempre alegre. ¡Uf, pero qué aburrimiento que le sobrevino! Y comprendió, por primera vez, aquello que siempre sentía la Sra. Tristeza, pues en ese instante era ella misma quien lo estaba sintiendo.

También en las primeras filas, la Sra. Pobreza y la Sra. Riqueza, llorando las dos, se cogieron de las manos, se miraron a los ojos y sonrieron. La Sra. Riqueza sintió que mejor sería que le diera algo de lo que ella siempre había tenido a la Sra. Pobreza, y la Sra. Pobreza, a su vez, también sintió que le debía algo a la Sra. Riqueza: quizá ya era hora de darle un poco de aquella sabiduría que ella había adquirido durante tanto, tanto tiempo de no haber tenido absolutamente nada.

Detrás de esta escena, la Sra. Luz empezó a sentirse mareada de su propia luz. Ya hacía tiempo que había algo dentro de ella que le pedía un poco de penumbra, un poco de sombra y un poco de descanso. A su lado, la Sra. Oscuridad también suspiraba de cansancio y estaba cabizbaja. Se sentía absolutamente fatigada de no ver nada. De nuevo empezó a notar en su interior algo que estaba empujando, algo que en breve la haría ver más allá de todo aquello que hasta entonces, en su realidad, había sido de color negro. La Sra. Oscuridad se giró hacia la Sra. Luz y le preguntó: “oye, hermana mía, ¿qué tal si nos uniéramos en nuestros propósitos?”.

No muy lejos, el Sr. Amor se sentía tremendamente fatigado de su propia energía amorosa, que le colmaba hasta el último pelo de la cabeza. Pensó: “bueno, quizá sería mejor empezar a sentir otras cosas, también. Me siento tan viejo y agobiado”. A su lado, el Sr. Odio, por primera vez en su vida se sintió triste y cansado de rechazar a todo el mundo, de apartar a los demás creyéndose superior a ellos, de odiar por odiar a todos aquellos que tenía a su alrededor. Pensó: “¿qué tal si me relacionara con ellos de una nueva forma? Miró de reojo al Sr. Amor, mientras se preguntaba: ¿y si éste de aquí me pudiera enseñar cómo?”.

La Sra. Víctima y el Sr. Abusador hacía rato que se buscaban con la mirada, pero aún no se encontraban entre la muchedumbre de la iglesia. Tanto el uno como la otra, como siempre, sentían una urgencia por chocar. De nuevo había algo dentro de ellos que, como un imán, los atraía el uno hacia el otro. Inevitablemente se encontraron, pero esta vez contra todo pronóstico se dieron un gran abrazo, y después del abrazo se miraron y se dieron besos, y sintieron la absurdidad de haber estado tanto tiempo intercambiando los papeles… Ella le miró y dijo: yo, la Sra. Víctima, convirtiéndome en ti, el Sr. Abusador, ¡tantas veces! ¡Ahora me doy cuenta de que quizá no hacía falta repetir tanto! Y el Sr. Abusador, por su parte, también pensó que demasiadas veces se había convertido en la Sra. Víctima… ¡Qué tonto se sentía ya aquel lejano y pesado juego! Ni el uno ni el otro querían intercambiar sus papeles de nuevo, pero tampoco querían mantener su propia identidad… Y así de confusos, en un nuevo abrazo se fundieron, lo cual atrajo de inmediato la  mirada el Sr. Equilibrio y la Sra. Soberanía, que estaban como escondiditos, no muy lejos, en un ala de la iglesia. Ambos se cogieron del bracito, se miraron y asintieron con gran alegría.

El Sr. Dinero estaba en la otra ala de la iglesia, junto a su colega el Sr. Poder, y viendo los dos como todos aquellos seres se estaban abrazando los unos con los otros, empezaron a sentir la pesadez de haber estado tanto tiempo siendo ellos los protagonistas. Sin decirse nada ni mirarse para nada, curiosamente, ambos pensaron lo mismo: “a partir de ahora quiero pasar más desapercibido”.

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Y el Sr. Yin y el Sr. Yang, ¡ay!, fundidos justo en medio de la iglesia, sintieron un gran agobio de repente: ¡tanto tiempo el blanco incrustado en el negro y el negro incrustado en el blanco! Sintieron que estaban tan cansados el uno del otro, que cuando en ese instante de forma natural se separaron, ¡ni siquiera se dieron cuenta de que ambos se había vuelto de color gris! Quizá, después de su eterno abrazo, el Sr. Yin había adquirido un poco del color del Sr. Yang y viceversa. Un poco asustados y confusos, quisieron abrazarse de nuevo, pero ya no era lo mismo. ¡No tenían ganas de hacerlo! Se miraron y vieron que ni blanco ni negro. Es más, su gris se estaba deshaciendo cual cera de una vela al calor.

Mientras sucedía todo esto, queridos ángeles humanos, la Sra. Compasión se paseaba entre todas estas parejas y las observaba con una gran sonrisa en los labios. Y bailaba y bailaba, alrededor de las filas de bancos de madera, hasta que se paró, miró su reloj y pensó: “¡ah, qué raro que no haya venido mi hermana gemela, la Sra. Aceptación! Mmm, quizá se ha retrasado y no pudo llegar puntual al funeral”. En ese instante, se abrió la puerta de la iglesia y una cabeza asomó al interior. Ah, sí, era ella. “¡Aquí, aquí, querida!”, gritó la Sra. Compasión. Ambas se abrazaron y se hicieron una, pues en esencia eran lo mismo.

Pues bueno, y así fue que el párroco iba acabando su discurso desde el altar, mientras todos estos personajes y muchos más que ahora no tengo tiempo de enumerarles se iban abrazando, iban encajando manos y se iban sorprendiendo gratamente de cuan diferentes se sentían aquel día.

Y, ciertamente, la energía que se respiraba en el interior de la iglesia era distinta. Ya no era pesada. Ya no era abrumadora.  Mmm, miren ustedes, tenía una especie de característica para la cual incluso ahora se me hace harto difícil encontrar un vocablo.

Y así la ceremonia llego a su final. Y el discurso fue pronunciado y la despedida culminada. Y fue en ese instante cuando ya los dos hombres empujaron el ataúd de la difunta Sra. Dualidad por el pasillo central de la iglesia hacia fuera. Y no se oyó ningún chirriar de ninguna rueda. Y todo el mundo, de nuevo, lo siguió.

Oh sí, queridos lectores terrenales y celestiales, ese fue el día en que todos los contrarios tuvieron la oportunidad de empezar a cambiar, la oportunidad de transformarse y empezar a dejar atrás todas las viejas historias. Una vez la Sra. Dualidad estuvo fuera de escena,  todos pudieron comprender al otro extremo de una nueva forma: tuvieron la necesidad, por así decirlo, de abrigar en su interior a esa parte suya de la cual habían estado tanto tiempo separados.

Y todo el mundo salió. Y en un rincón al final de la iglesia pude ver dos personajes cogidos del brazo, que tranquilos observaban como se hacía el silencio total y como se desvanecían grandes y pequeñas historias. Sí, ellos eran la Sra. Tierra y el Sr. Cielo, que aprovechando el momento de tranquilidad se abrazaron una vez más. Y en este abrazo la Sra. Tierra supo que ya era hora de darle al Sr. Cielo la buena nueva. Así pues, lo miró a los ojos y lo soltó de un tirón: “¡cariño, estoy embarazada! Vamos a ser padres. Y será una niña. ¿Qué te parece si la llamáramos Nueva Energía?”. Y oyendo esto, el Sr. Cielo abrió los ojos de par en par y contestó: “oh sí, cariño, aunque no me lo dijeras yo ya lo sabía. Jaja. Pues mira, me encanta este nombre. ¡A mí nunca se me hubiera ocurrido! Sí, sí, nuestra pequeña se llamará Nueva Energía“.

Y ya no quedaba absolutamente nadie en la iglesia, a excepción de ellos dos y la Sra. Compasión, ¡claro!, que en ese instante terminaba la danza que la había llevado a recorrer todos los rincones de aquel viejo templo de sólida piedra. Se acercó dando saltos y haciendo giros, y al llegar donde estaban Papa Cielo y Mama Tierra, dio un par de vueltas para rematar con toda la gracia su baile, se acercó a ambos, los cogió de las manos y dijo: “¡no me lo digáis que ya lo sé! ¡Felicidades, queridos! Y yo seré la madrina de la niña, y no acepto un no por respuesta”. Y movió una ceja y les hizo un guiño. Ah, y el Sr. Cielo y la Sra. Tierra se miraron y rieron como locos. Él afirmó: “jaja, cualquiera le dice a ésta que no. Vaya una”. Y la Sra. Tierra echó la cabeza hacia atrás y asintió riendo y mordiéndose los labios.

Y déjenme contarles, queridos habitantes del vasto universo, que en ese mismo instante estos tres seres, el Sr. Cielo, la Sra. Tierra y la Sra. Compasión, a los que la antigua humanidad había definido como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, también se fundieron en un gran abrazo.

Seguidamente, la Sra. Compasión añadió: “y cuando Nueva Energía nazca, yo misma me encargaré de su educación y de que, cuando crezca, se haga modelo. Ah, ¡esta niña será guapísima! Oh sí, sí, quiero verla desfilando por las pasarelas de los corazones de todos y cada uno de los ángeles de la Creación. ¡Será ella quien mostrará, por fin, la última moda en conciencia libre y abierta!”.

Y después de eso, esta simpática trinidad salió definitivamente del edificio. Y detrás de ellos apareció el cura que había orquestado la ceremonia del funeral. El hombre se apresuró a cerrar las puertas con llave, les encajó las manos a los tres y se despidió para siempre.

Y es un placer y es un honor para mí, queridos ángeles humanos, haber sido la voz de la conciencia y haberles relatado cómo fue que acontecieron los hechos en aquel ya lejano día en que nuestra querida Sra. Dualidad nos dejó.

Cross With R.I.P.

Sra. Dualidad, descanse usted en paz. Guardaremos
en nuestra memoria el recuerdo de sus gloriosos días”.

Y, ahora, queridos, les toca a ustedes mirar las agendas de los desfiles de moda. Estén atentos a la nueva temporada, pues se están preparando unas estupendas colecciones. Oh, sí, sí, ¡son ciertamente expansivas! No se me lo pierdaaaan.

Ah, cuando la vean desfilar, entonces entenderán lo que les quiero decir…

Un gran beso a todos. Ah, y que no se me olvide: “ámense tanto como para permitir que la dualidad muera en paz en su realidad, ¡lo cual podría muy bien suceder ahora mismo si así lo eligen! Respiren profundamente y sientan si quieren sustentar durante más tiempo esta energía. En caso de no ser así, déjenla ir. Y permítanme recordarles una vez más, queridos, que la fuerza creadora de cada uno de ustedes es infinita”.

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